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Cuando hay dolor crónico (dolor que dura más de 3 meses), es muy probable que no solo se sufra por la molestia física, sino también por una sensación de miedo y ansiedad.

Cuando algo nos duele, nuestro instinto natural es protegernos. Si el dolor persiste, nuestro cerebro y nuestro cuerpo aprenden que «moverse = peligro». Esta asociación se conoce como kinesiofobia, y es mucho más que una simple precaución; es el miedo intenso y desproporcionado a realizar movimientos específicos debido al temor a una re-lesión o a aumentar el dolor.

La kinesiofobia es una de las principales razones por las que el dolor crónico se mantiene, creando un círculo vicioso muy difícil de romper.

¿Qué le pasa a nuestro cuerpo? El Círculo Vicioso de la Kinesiofobia.

La kinesiofobia no es un signo de debilidad, sino una respuesta de protección exagerada de nuestro sistema nervioso. Funciona así:

  1. Dolor inicial y lesión: una lesión o molestia.
  2. Miedo y evitación (Kinesiofobia): hay temor a que ciertos movimientos hagan daño, por lo que se evitan.
  3. Desuso y debilidad: Al evitar el movimiento, los músculos se debilitan y las articulaciones pierden flexibilidad. El cuerpo se vuelve menos capaz de hacer el movimiento.
  4. Aumento de la sensibilidad: El sistema nervioso se vuelve hipersensible. Cuando finalmente se intenta hacer el movimiento evitado, se siente dolor (aunque no haya daño real), lo que confirma el miedo inicial y refuerza la evitación.
  5. Discapacidad y dolor crónico: El ciclo se repite, limitando la vida diaria y manteniendo el dolor.

El problema no es el movimiento; es el miedo a que el movimiento sea peligroso.

Cómo guía el fisioterapeuta para romper este ciclo.

El fisioterapeuta va a utilizar una serie de técnicas que va a ayudar a reeducar el cerebro y el cuerpo, para que vuelvan a confiar en la seguridad del movimiento.

1. Educación en neurociencia del dolor (PNE).

 Mitos que hay que desmentir:

  • «Si duele, algo se va a lesionar»: En el dolor crónico, esto casi nunca es verdad. El dolor es una señal de alarma, no siempre un medidor directo del daño. El fisioterapeuta ayudará a entender que, en la mayoría de los casos, el cuerpo ya está sanado, pero su alarma (el sistema nervioso) sigue encendida.
  • «Tengo desgaste articular y es irreparable»: Si bien puede haber cambios degenerativos, estos cambios rara vez son la causa principal del dolor crónico. La  columna y las articulaciones son fuertes y están diseñadas para moverse.

El rol del fisioterapeuta: Explicar de forma sencilla cómo funciona el sistema nervioso y por qué se siente dolor a pesar de no haber daño. Esta comprensión reduce la amenaza percibida y, por lo tanto, reduce el miedo.

2. Exposición gradual al movimiento

El principal tratamiento para la kinesiofobia es el movimiento, pero de forma inteligente y progresiva.

  • Paso a paso: El fisioterapeuta identifica los movimientos que se evitan y los descompone en tareas seguras y pequeñas.
  • Tolerancia y confianza: Se empieza con un movimiento que se puede hacer sin dolor o con un dolor tolerable y manejable. A medida que gana confianza y el cuerpo se adapta, se aumenta gradualmente la dificultad.
  • «Dosis» de dolor seguras: Se aprende que sentir una ligera molestia durante el ejercicio es normal y no es peligroso. Es como entrenar un músculo: la ligera fatiga o quemazón es parte del proceso de adaptación, no de la lesión.

3. Terapia manual y ejercicio específico

Mientras se trabaja la mente, el fisioterapeuta también trabaja en el cuerpo:

  • Terapia manual: Técnicas como la movilización articular o el masaje pueden ayudar a calmar temporalmente el sistema nervioso y reducir la rigidez, permitiendo moverse con más facilidad y menos miedo en la sesión.
  • Ejercicio terapéutico: El entrenamiento de fuerza y la reeducación postural son cruciales para que se gane la capacidad física para hacer los movimientos que antes se evitaban.

Papel del paciente en la recuperación.

Superar la kinesiofobia es un trabajo en equipo. El compromiso es fundamental:

  • Ser abierto: Compartir  miedos y creencias con el fisioterapeuta. La comunicación es clave.
  • Ser persistente: La recuperación del dolor crónico no es lineal. Habrá días buenos y días malos. Lo importante es ser constantes con el plan de ejercicios.
  • Confíar en el cuerpo: El cuerpo es resiliente. El fisioterapeuta da las herramientas y la evidencia de que el movimiento es la medicina más poderosa.

Conclusión:

El dolor crónico suele estar alimentado por el miedo a moverse. Entendiendo que el cuerpo es fuerte y aprendiendo a distinguir el dolor de la señal de daño, el paciente y el fisioterapeuta pueden apagar esa alarma de miedo, restaurar el movimiento y recuperar el control de la vida.

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